Garnata

El patio de la Montería del Real Alcázar de Sevilla es el escenario en el que Marina Heredia presenta su espectáculo. Garnata, denominación árabe de Granada. Uno de los lugares más bonitos de Sevilla, con más siglos de Historia con mayúsculas  (se inicia en el siglo X) y millones de historias con minúscula encerradas en sus muros.

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Anochece y el público empieza a ocupar asientos con tres cuartos de hora de antelación

Y así lo ve también Marina, que sale a escena con un sari negro con bandas plateadas a modo de remate en cuello y bajos, guapísima, acompañada de su padre, Jaime Heredia, el Parrón. Habla de los espíritus que caminan por El Alcázar, la Giralda que la observa y el entorno que le recuerda su tierra y le hace sentir en casa. Y manifiesta su intención de disfrutar cantando, sin olvidarse de la responsabilidad que supone venir a la Bienal. Y a medida que la escucho me voy acordando de Mayte Martín y sus nervios en el Lope de Vega, y deseo de corazón que el palacio no se le caiga encima, que la Giralda la perdone por compararla con la Torre de la Vela.

Pero la noche está fría, después de un día de bochorno y agua, y la granaína y los tientos no caldean el ambiente, falto de palmeros o no sé de qué… Y los cambios de colores de la iluminación de la fachada me empiezan a poner nerviosa, rojo sangre para unos tientos que se convierte en rosa, las galeras superiores amarillas, otra vez la fachada principal de color salmón, malva y otra vez rosa.

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¿El Palacio Imperial de la Ciudad Prohibida?

Lo peor es cuando todos los colores conviven a un tiempo ¡Qué necesidad de complicar lo que es bellísimo con artificios que lo camuflan! Y me doy cuenta de que tanto preocuparme por los colores me está distrayendo del cante, y que la preciosa voz de Marina Heredia no me invita a escucharla solo a ella. Cuando aparece un verde hoja oigo una seguiriya lenta y vuelvo al escenario.

 

 

Y menos mal, porque sube El Parrón para cantar una soleá y vuelvo a sentir que me apasiona el flamenco. Porque es directo. Porque lo identifico. Porque no me desconcierta con tanto desdibujar retorciendo los tiempos y contratiempos. Porque, como el Patio de la Montería, lo que es bello no necesita tanto artificio.

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Y ella le replica, y le mira con orgullo, y no puede dejar de tocarlo. E imagino lo que siente compartiendo con su padre una noche así. Agradecimiento por lo aprendido y lo que está por aprender, ganas de no defraudar y ternura porque ahora ella es quien le tutela y le protege con una mano en su hombro que le cuesta retirar.

Pero como la noche es larga y revoltosa, Marina cambia su sari mestizo por un vestido de artista color verde agua… ¡Otra vez me lio con los colores! ¡Vaya por Dios! Y empiezo a imaginarme que estoy en un crucero por las islas griegas, tomándome un gintonic en la mesa del capitán del Yate, oyendo una ranchera. Menos mal que me despierto para atender a unos tangos preciosos con sonidos árabes y a un cante de gitanas viejas y picantonas (así lo cuenta Marina) llamado «La Mosca», con una artista que se relía el mantón en el regazo y se arremanga las faldas. Y me gusta esta Marina castiza y gitana.

Y aprendo otra lección: hay un duende del flamenco, que enreda a los artistas, los confunde a veces y les ayuda a hacer magia otras.

 

 

 

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