El Mercado de triana

El mercado gourmet «Las Naves del Barranco», recientemente inaugurado en Sevilla, era mi objetivo esta mañana cuando he salido de casa con un maravilloso sol de principios de febrero  y 17 grados de temperatura. Pero, mientras observaba en una placita de Triana cómo los jardineros municipales recogían las naranjas amargas, he cambiado de idea. Pensar en las tradiciones ha hecho que me plantee qué ha pasado para que los mercados de siempre tengan que reconvertirse en mercados gourmet. Y al llegar a la plaza del Altozano, en lugar de cruzar el puente de Isabel II, entro en el mercado de Triana.

Me gusta la puerta que da a la plaza, porque antes de bajar los escalones (o la rampa, que aquí se viene con carrito), a mi izquierda admiro una de las fachadas más bonitas de Sevilla y a la derecha la inmaculada de cerámica escoltada por cientos de angelotes y algún que otro trianero…

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Los pasillos anchos y los bancos repartidos por doquier parecen anticipar quién es la clientela. Los módulos son iguales de tamaño, separados por pilares de ladrillo  rematados arriba con unos grutescos a candelieri dorados sobre cobalto, por supuesto de cerámica trianera. Los rótulos con los nombres de cada puesto también son de cerámica, diferentes tipos de letras pero idéntica cenefa.

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Me paseo de puesto en puesto y veo muchas señoras del barrio, unas arrastrando el carrito de la compra y otras el del nieto que le toca cuidar a diario. Las más jóvenes con los «plumas» y los «botines» (zapatillas de deporte para los que no sois de Sevilla), normalmente de dos en dos, porque la decisión de qué se va a poner hoy de comer se toma más fácilmente si se contrasta con una vecina. Y se intercambian recetas, momento en el que interviene el pescadero o la frutera.

Muchas de las señoras más mayores van acompañadas del marido, prensa en mano, dispuesto a sentarse en un banco. Sabe que la espera será larga. Porque aquí se viene a comprar, pero no sólo. También a interesarse por lo que pasa en el mundo… Bueno, sobre todo en el barrio. Porque hoy no toca ambulatorio y hay que informarse en el mercado. «¿Cómo estará el hijo de la Paqui que volvió del «erasmus ese» con muchos aires y una polaca y a los dos años se había separado? ¡Y hay que ver lo mayorcita que se ha quedado preñada la Susana!» Y el marido, en el banco cercano, se ajusta un poco la gorra para protegerse del frío.

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Doy varias vueltas, entrando por una calle y saliendo por otra. Observo uno a uno los puestos para ver lo que ofrecen: pescados, carnes, frutas y verduras, legumbres, embutidos, quesos… pero también zapatero, ropa y complementos, y bares de diversos tipos: ostrería, sushi y bares tradicionales con trofeo de toro incluido.

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Me detengo delante de un puesto de verduras regentado por un señor bastante mayor. Está haciendo cartuchos de papel, que coloca en una estantería a su espalda. Todavía tiene colgados espumillones y bolas de navidad, lo que da aún más un aire decadente al puesto. ¡Creo que es el más feo de todo el mercado!

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Me entran ganas de fotografiar esos montones de cartuchos preparados para una avalancha de clientes que nunca llega. Le pido permiso para hacer la foto y me responde muy risueño, extendiendo los brazos y abarcando con ellos todas las verduras del pequeño puesto, como si me estuviera haciendo pasar a su salón desde el rellano: «¡Claro! ¡Estás en tu casa!¡Haz todas las que quieras, guapa!»

Como una ya no está acostumbrada a que le llamen guapa, me siento obligada a comprarle algo. Pienso rápidamente que esa misma mañana antes de salir he hecho un pedido telefónico al supermercado, que lo habrán llevado ya y el frigorífico estará hasta arriba. Y además me recuerdo que he venido en moto y tiene poca cabida el hueco bajo el asiento.

Veo unos tomates enormes y preciosos y me decido: «¿Me pone dos o tres tomates no muy maduros, por favor?» «Son buenísimos, de los Palacios, los cultivo yo mismo. Ya verás cómo te encantan»… mientras va echando en la báscula uno, dos, tres, cuatro… «¡Ya, Ya!» le digo. Pero no me oye (es muy mayor, tenía que haberle hablado más alto) y sigue echando tomates. Intento interrumpirle de nuevo, pero la sonoridad del mercado con esos techos tan altos es muy mala.

Cuando va por los tres kilos se detiene (yo respiro aliviada), coge fuerzas, añade tres tomates más y me dice: «estos te los regalo yo, que eres muy simpática», y me ofrece un fresón gordo. Por no hacerle el feo me lo como (¡Dios mío, sin lavar!) y le digo que está buenísimo (me enseñaron a ser educada y agradecida). «Te vas a llevar una cajita, pese lo que pese te voy a cobrar sólo dos kilos. ¡Mira, mira, -mientras vuelca la caja en una bolsa de plástico verde- hasta los de abajo están buenos, así es como se ven las cosas!» Intento decirle que en la moto no caben tantos fresones, que se van a despachurrar todos… pero sigue sin oirme y termina de volcar la caja. Con una rapidez inusual en un señor de su edad coloca la bolsa en la balanza y la retira inmediatamente. Alcanzo a ver que pesan algo menos de dos kilos y pienso que menos mal que no se le ha caído ninguno…

En ese momento llegan dos señoras que se colocan a mi lado y me miran de arriba a abajo con cara de guasa. Mientras estoy distraída intentando averiguar el motivo de sus sonrisitas, el verdulero coge un manojo de espárragos trigueros salvajes: «Mira que frescos están, recién cogidos esta misma mañana» y antes de que me de tiempo de dudar de lo que me dice, los ha metido en otra bolsa verde. Como me quedo pasmada, interpreta mi mutismo como asentimiento y coge otro manojo más… ¡y un tercero! «Este te lo regalo yo».

Y ya sé de qué se rien las señoras…  «Qué buen vendedor eres, primo», le dicen al anciano, que me tiende tres bolsas y me pide los euros que me habría costado comer en la calle viendo la Torre del Oro.

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No me queda más remedio que dar por terminado mi recorrido por el mercado. Vuelvo a casa haciendo malabares en la moto con las bolsas (las fresas definitivamente despachurradas bajo el asiento). Pensando que este tipo de mercados es para gente del barrio. Que viven cerca, que cocinan, que comen en casa… ¿en qué franja de edad nos movemos?

10 comentarios en “El Mercado de triana

  1. Amalia, los vendedores del mercado tienen mucho arte y conocen al cliente antes de dar los buenos días.
    Te recomiendo un puesto que esta entrando por la calle Castilla » LA ALEGRÍA DE LA HUERTA» lo regentan un matrimonio Manuel Figueroa y su señora Conchi, que seguro te dará una receta para preparar los pimientos.

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