Por qué no me dejo llevar por las nominaciones a los Óscar

Desde que se me ocurrió contar que voy sola al cine (eso me pasa por bocazas) ha surgido una lista de voluntarios que, sin querer reconocer que también van solos, se ofrecen a ir conmigo a ver alguna película. Una de ellas es mi hermana Cristina, con la que he compartido alguna que otra sesión matinal memorable: en mi imaginario personal está sujetándose la barriga, embarazada de ocho meses, mientras se ríe a carcajadas con el ingeniero Bombita –un guapísimo y desquiciado Ricardo Darín- en Relatos Salvajes. El único problema que tiene ir con ella al cine es que elige las películas en función del horario de la canguro del jueves: de 5 a 8. Y por si no fuera una limitación suficiente, sólo va a los cines de Plaza de Armas, porque aparca el coche sin problemas y, fundamental, hace la compra en Mercadona antes de volverse corriendo a casa con sus bebés. Con lo que la capacidad de elección de la película está muy limitada.

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La última vez, de hecho, me convenció para ver Renacido. La verdad es que el argumento no me atraía mucho, pero las nominaciones a premios varios me hicieron pensar que mi instinto fallaba. Así que, ni cortas ni perezosas, sacamos la entrada un jueves cualquiera a las 17.30 h. y nos disponemos a disfrutar con la estupenda actuación de Leonardo DiCaprio… Con la decepción consiguiente al ver que se pasa toda la película desfigurado, sin casi poder andar y apenas articulando alguna palabra. Vamos, que parece que con los osos ocurre como con los licántropos.

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En vista del mal rato, decido cambiar de acompañante, alguien con más capacidad de adaptación: mi hermano Alfonso, que además acaba de doctorarse con una tesis sobre cine (algo así como la influencia en las sociedades capitalistas de la iconografía de los super-héroes… ¡en serio!). Accede a ver conmigo La Juventud de Sorrentino, en la que los “super-héroes” son dos septuagenarios maravillosos.

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Y como él sabe mucho más de cine que yo, os dejo su crítica:

Sorrentino baila al son de Fellini… y pierde el paso.

Bailar a Fellini es un deporte de riesgo cinematográficamente hablando. Puedes copiar (“hacer un tributo a…” se dice ahora) motivos, escenas e incluso temas de Fellini, y los espectadores estaremos agradecidos. Pero hacer un tributo a la atmósfera de Fellini sin ser Fellini ya es más complejo. Sorrentino lo consigue durante dos tercios de La juventud, pero en el último pierde el paso. Hasta entonces había salido airoso, incluso bien parado, de su ejercicio de funambulismo cinematográfico.

El director equilibra su “fresco” (varias horas o jornadas en el mismo lugar) sobre la vida en un balneario con la estructura narrativa clásica de unos protagonistas que “hacen cosas”, en este caso que apenas hacen nada, como corresponde a su entorno. También equilibra Sorrentino el gusto sublime con las bajas pasiones, creación musical y exploración sexual, el goce estético con las preocupaciones de alcoba. Y lo mismo sucede con el manierismo y la narración, y con lo onírico y lo real.

Ay, hasta que se ve obligado a tomar una decisión, en el último tercio de la película. O atmósfera o personajes. O fresco o relato. O Fellini o Hollywood. Sorrentino decide no decidir. Así que el fresco se desvanece porque empiezan a “pasar cosas”, y los personajes se evaporan porque no se les ha otorgado la importancia que merecen, no se les ha preparado, no se les ha dotado, a mi juicio, de la necesaria profundidad. El resultado es agridulce (que no es poco), como un empate sin goles. Ha habido espectáculo pero podría haber sido mejor, sobre todo si vas con los dos equipos.

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Después de esta acertadísima crítica de Alfonso, sólo me queda añadir mis sensaciones, lo que la película ha despertado en mí. Quiero dormirme todos los días con la voz serena y altiva de Michael Caine susurrando que la frivolidad también es una perversión. Quiero revestir el ascensor de mi comunidad con una tela de flores y comprar una butaca Teddy Bear original para el cuarto de estar. Quiero tener con quien replicar las conversaciones intrascendentes que mantiene el protagonista con el actor (un trasnochado pseudo-Johnny Deep) y con su amigo director de cine. Quiero volver a llorar con Una canción sencilla cantada por una soprano. Quiero dejar de preguntarme por qué los personajes masculinos de Sorrentino tienen inteligencia y los femeninos plasticidad. Quiero colgar en mi dormitorio un cuadro con las hamacas del balneario meciéndose lentamente con el viento.

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No quiero volver a ver El Renacido, por muchos óscares que se lleve este sábado.

Trailer

P.D. Cristina, te acabo de sustituir, lo siento, con él elijo película y encima me hace el post.

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