¿Cómo decorar un local de Aníbal González sin resultar engullido por él? El Pintón

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¿Qué sevillano no conoce los Almacenes Peyré? Posiblemente sea el comercio más antiguo de la ciudad, edificado en 1790 para tienda textil: Basilio Camino y Hermanos. Aunque no será hasta un siglo después cuando pase a manos de Augusto Peyré, empresario de origen francés, de quién adoptará el nombre y la configuración más actual tras la reforma de Aníbal González.

Pues ahí está El Pintón, ocupando unos 250 metros en una zona del edificio que da a la calle Francos. El antiguo taller de confección y un precioso patio con columnas de mármol y arcos de ladrillo. Lo que es su mayor activo, el sello del arquitecto regionalista que da carácter a algunas de las zonas más representativas de la ciudad, podría haberse convertido en un lastre difícil de soltar. Mesas y sillas de robusta caoba americana y barra de bar con azulejos. O ligerísimos muebles de madera clara con las patas reducidas a la mínima expresión. Viollet-le-Duc o Cesare Bradi.

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Xabier, vasco asociado con una sevillana, (Paloma, con la que además de Zelai y Burguett tiene un bebé de seis meses) me cuenta que la intención con El Pintón era hacer algo imposible de copiar, ni un local anodino, ni un restaurante de moda. Algo con vocación de permanencia. Y teniendo en cuenta no sólo el edificio, sino la zona turística donde está, parece posible que pueda sustraerse a las modas y caprichos del gusto local. Para darle un toque divertido, de coctelería fusionada con la gastronomía y Dj (de viernes a domingo), se asocia con Lorenzo y José Antonio Fernández, expertos en coctelería clásica y de autor, como llevan años demostrando en The Second Room.

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La intervención, encargada al estudio madrileño Lucas y Hernández- Gil, ha sido, desde el punto de vista arquitectónico, más de eliminar añadidos y conservar lo existente, centrándose especialmente en la decoración. Sin estridencias. Respetando la tradición, pero con un aire actual.

¿Qué cosas me parecen reseñables?

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La entrada, perfecta, con su celosía llena de cactus, la pareja de columnas de mármol, las paredes recubiertas de blancos tablones, las lámparas colgando y la reja de arabescos, todo ello un anticipo de lo que luego veremos desarrollado en el interior.

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  • Que la paleta de colores parte de la azulejería trianera de finales del siglo XIX: amarillo y azul, sobre la base neutra de la madera natural y el revoco de cal de las paredes.
  • El mobiliario, de líneas muy limpias, con vocación de mueble de jardín en una reinterpretación de un patio sevillano.

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  • El contraste con la carpintería de madera en contraventanas y puertas en la sala Aníbal y las alacenas empotradas de raíz tan popular.

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  • las lámparas de la zona de barra, un guiño sesentero de plena actualidad.

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  • los espejos, muy sencillos, con apenas una ligera moldura, que dan protagonismo a lo que reflejan, multiplicando arcos y columnas.

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  • La forma de exponer la carta en la entrada, con sus soportes de bronce y colgadas de un riel.

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  • la vajilla alemana y las tablas que usan para servir los platos (unas mezclan madera y mármol, otras de madera pintada en un bonito color azul), todo ello proporcionado por sus vecinas de Alquitara.

cuarto-de-maravillas-el-pintón-12-Pequeñas mesitas en la zona de paso a los lavabos

  • La filosofía de permanente actualización: están renovando los aseos (sólo habían podido darle un lavado de cara), cambiando vajilla, buscando un logo luminoso para completar paredes, etc…

Entre charlas con Xabier y Lorenzo y las fotos, nos dan la una del mediodía, ellos se van a sus quehaceres y a nosotras no nos queda más remedio que pedirnos un vino y probar las famosas gyozas de pollo y verdura con salsa ponzo de Javier Carmona.

Y empieza el movimiento. Un grupo de ocho extranjeras jóvenes y rubias, con pinta de Erasmus, se sientan en una de las mesas redondas del patio. La terraza se ha llenado en pocos minutos, también de chicas (¿el día de sol o el modelo de Scalpers que atiende las mesas?) Un par de amigas, locales y de mediana edad, entran al patio, pasan a la sala Aníbal y sin dejar de fijarse en cada uno de los detalles, vuelven a salir, tal vez pensando, equivocadamente, que en Sevilla nunca la comida estuvo a tono con una decoración tan cuidada.

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Hasta que llega una avalancha de japoneses, entre quince y veinte, que eligen convertir la salita con zócalo trianero en un reservado para ellos. Un miércoles cualquiera. Me alegra pensar que Xabier no se equivoca: El Pintón ha nacido para quedarse, así tendremos tiempo los sevillanos (también los hombres) para descubrir que la decoración no está reñida con la buena gastronomía ni significa pagar desorbitadamente.

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Sólo una sugerencia, me apunta la fotógrafa: que institucionalicen un paseíllo de Javier (el Matt Damon que tienen escondido en la cocina) a saludar, cada día a la misma hora, justo antes de bajar las luces y de que Juan se ponga a agitar la coctelera.

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Nos despedimos de ellos, sabiendo que volveremos: nos ha faltado tomar un cake-tail (híbrido entre coctail y postre) y una copa nocturna.

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