Motivos para que los sevillanos sigan paseando por el barrio de Santa Cruz

En muchas ciudades los cascos históricos están tomadas por turistas y todo gira entorno a ellos: los comercios, los bares, las señales, las atracciones. Algunas llegan incluso a morir de éxito: se han focalizado tanto en el visitante que los propios ciudadanos se han visto obligados a ir a vivir a otras zonas más tranquilas de la ciudad. Por eso, una vez el turista se ha recogido en su hotel, el barrio queda abandonado. Muerto. Todo es de paso, las caras cambian y los idiomas también.

En Sevilla es algo diferente. Su barrio más famoso, el de Santa Cruz, también está plagado de turistas y son muchos los sevillanos con propiedades allí que se han trasladado a otros lugares más tranquilos o han sucumbido a la idea de hacer apartamentos turístico u hotelitos con encanto. Pero sigue habiendo bastantes motivos para que los sevillanos vayamos allí. Así que la pasada mañana de domingo en la que el calor se está resistiendo aún a dejar paso al otoño, me dispuse a dar un paseo y adentrarme en el barrio de Santa Cruz desde el centro neurálgico de la ciudad: la Catedral, para contaros las razones por las que sigue siendo un barrio vivo. Aunque tenga que sortear hordas de japonesas vestidas como si fueran it girls, parejas de cara cansada que arrastran maletas traqueteando por los adoquines, maniquíes amenazantes que son una especie de engendro entre flamenca, mantilla y torero, estanterías que exponen baratijas, percheros con ropa moruna de mala calidad (¿quién dijo que eso es típico de Sevilla?) y demás agresiones a la vista, al oído y al olfato.

Agustín Vidal-Aragón de Olives

Por sus calles estrechas, de antigua judería, con requiebros tan dramáticos que parecen pensados para despistar, para ocultarse. Y por eso siguen siendo lugar de besos robados y confesiones íntimas.

Agustín Vidal-Aragón de Olives

Por sus plazas intemporales, con naranjos de olor, bancos de azulejos, fuentes refrescantes o cruces de cerrajería rodeadas de jazmines trepadores,  como la de los Venerables, la de Santa Cruz, de los Refinadores, de la Alianza, de Doña Elvira, de las Cruces.

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Por las casas sevillanas que conservan portones con tachuelas, patios con cierres de hierro y galerías de madera. Algunas en ladrillo de estilo regionalismo sevillano, otras encaladas y con resaltes en color albero, todas en el interior con patios frescos, ocultos a los ojos del viandante, que se adornan con fuentes y plantas y en el exterior con banderas de España, sin alardeo pero sin nada que ocultar.

Por los lienzos de muralla que resisten desde la época almohade -sobre la primitiva romana-y que nos enseñan cómo se canalizaba el agua mediante tuberías de barro cocido.

Por sus iglesias y conventos, y los tesoros que encierran: Santa Cruz, San José, Santa María la Blanca, Convento Madre de Dios, Hospital de los Venerables. Misa de una, plegaria a solas, compra de dulces.

Porque donde hay centros de enseñanza hay vida y juventud, y el Colegio San Isidoro se encarga de seguir formando alumnos brillantes desde mitad del siglo pasado y el Instituto Británico intenta que los sevillanos seamos capaces de pronunciar las palabras hasta el final.

Por los comercios que saben adaptarse al reclamo turístico sin ocupar la vía pública ni convertirse en una sucursal de un chino, como Arjé, que mantiene calidad y buen gusto en un rango enorme de precios, demostrándonos que un souvenir puede ser bonito y útil (me muero de ganas de un pañuelo de seda con dibujo de azulejería).

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Por sus bares tradicionales donde tienes, necesariamente, que hacer una parada: un oloroso en Las Teresas, cervecita en Las Columnas, un poquito de jamón y unas papas aliñás en Casa Román. Codeándote con orientales, que a veces entienden más de sherry que nosotros.

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Por sus restaurantes actuales, como La Sal, donde el atún de Barbate nada entre platos de cerámica pintada a mano, o La Azotea, donde chicos guapos te sirven cualquier cosa de la carta y nunca te equivocas.

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Porque la cultura con mayúsculas tiene también su espacio en este barrio y la Fundación Focus Abengoa, con sede en el Hospital de los Venerables Sacerdotes, cobija obras de pintores sevillanos que traspasan los límites del barrio, de la provincia, de la nación.

Ya sé que es una cruzada digna del medievo, pero…¡por favor, sigamos paseando por el barrio de Santa Cruz!

Fotos: Agustín Vidal-Aragón

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