San Leandro y sus yemas: seis siglos endulzando Sevilla

Hay dulces que, como los olores, se quedan para siempre asociados en la memoria a historias de nuestra infancia o de nuestra juventud. Dulces que nos transportan a cocinas con el suelo de terrazo, donde difícilmente se abría paso la bollería industrial porque en las meriendas de familias numerosas reinaba el pan: con mantequilla –o margarina más barata-, aceite y azúcar, nocilla los días de excesos. En casa de mis abuelos -aún éramos pocos los nietos- no faltaban las tortas de Inés Rosales (con los terroncitos de azúcar y almendra por encima de la fina hoja) y los cortadillos de cidra, los favoritos de mi abuela. Pero cuando había algo que celebrar, un nacimiento, el santo de abuelo Pepe, una comida con los tíos mayores, una merienda con las señoras del «ropero»… entonces la estrella eran las yemas de San Leandro.
En casa de mis padres, con montones de hermanos que devoraban sin conocimiento, las esporádicas veces que llegaba una de esas cajitas de madera con un kilo de gloria dentro había que esconderlas. Cada vez en sitios más rebuscados, porque no había escondrijo que se le escapara a mis hermanos. A primera hora de la tarde, congregados alrededor de la camilla, veíamos levantar la grapa que sujetaba la tapa de madera fina y se nos hacía la boca agua. Mi padre nos las tiraba en alto para que las pilláramos al vuelo mientras mi madre le reñía por esa extraña forma de repartirlas.

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«¿Quieres ir a San Leandro?»- me dice Claudia cuando le pregunto qué convento visitar. Una sonrisa enorme se abre paso sin yo querer y me veo en la salita de estar de la calle Julio César volviendo de la clínica con mi hijo recién nacido en brazos.

-«Pregunta por Sor Natividad, te estará esperando».

En el pequeño patio junto al bonito torno de madera oscura nos congregamos una pequeña multitud: unas japonesas, un matrimonio de edad, una señora del barrio, el fotógrafo de un periódico, mi hermana Cristina, una amiga y yo. Esto pinta mal, pienso. En efecto, tras un rato esperando a que despachen a los compradores y saquen los dulces para que los fotografíen, aparece sor Natividad detrás de una reja, con una pequeña perrita blanca entre sus faldas y una mirada inquisitiva.

-«A las hermanas no les gusta que se las vea trabajando, estamos en plena campaña»- nos dice con prisas y sin intención alguna de dejarnos pasar al interior. ¡Vaya por Dios! Aunque al ver nuestra cara de decepción –y nuestra insistencia- nos abre la puerta y pasamos a un gran claustro con arcos de medio punto sostenidos por columnas de mármol. Las paredes están revestidas de bellísimos azulejos antiguos, algunos paños compuestos por piezas reutilizadas. Plantas en macetas y unas canastas de baloncesto para esparcimiento de las hermanas. «Aunque es Casia, la perrita, la que decide cuándo se acaba el juego echándose encima de la pelota» nos dice riendo sor Natividad, dejando relucir poco a poco su carácter de sevillana extrovertida. «Nos la regaló una señora para acabar con las ratas que vienen de Casa Pilatos, que desde que metieron gatos se venían todas para acá».

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05C3254B-3ECE-4810-9C4E-33EBA02BF972“Somos 18 hermanas, tres españolas y el resto africanas»- nos va contando mientras sor Inmaculada y sor Desi envuelven en papeles aceitados las yemas recién hechas. «Las de Tanzania son guasonas, tienen un carácter parecido al nuestro, al del sur. Con ella nos morimos de risa», y señala a sor Juana, que aparece con una pila de cajas en los brazos y una sonrisa de oreja a oreja. Se acercan otras hermanas, hemos roto durante unos pocos minutos su rutina sin descanso (horno y más horno, almíbar y más almíbar).

Paseamos por el convento, enorme y destartalado, fruto de la unión de varias casas, incluso con una calle –calle Viva, que va de San Ildefonso a Imperial- que quedó encerrada con ellas. Hace calor en verano y frío en invierno, y hay zonas con desprendimientos que han tenido que apuntalar, siempre con el problema de las licencias.

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B426D288-DE25-4A46-9750-AC769962449EEl lujo es el huerto en pleno centro de Sevilla. Pegado a la Casa de Pilatos, lo cultivan ellas mismas (las hermanas de origen africano han sembrado una verdura parecida a la espinaca, propias de sus países, que comen todos los días). Tienen manzanas, peras, naranjas dulces, aunque ahora está un poco desangelado. Les encantaría volver a tener un toronjo, porque hacían un dulce exquisito, pero se les partió por la mitad (¿alguien tiene uno para regalarles?). Junto a la ropería hay un corredor largo que llega a Pilatos, con unos aljibes debajo que hizo el antiguo duque para conservar el agua que venía de los caños de Carmona para aprovechamiento del convento y del palacio.

Cada poco suena la campana: ring, ring… que les avisa de que hay gente en el torno. «Este año estamos promocionando el huevo hilado, único en el mercado, nada que ver con otros. Lo hacemos por encargo, llamando por teléfono al convento». Aunque las yemas siguen siendo el buque insignia. Nos explica que las hacen desde el siglo XV- hay registro de facturas de huevos y azúcar- para obsequiar a bienhechores, familiares o consumo propio; hasta la Desamortización, en que se empiezan a comercializar para sustento de las monjas. Por lo tanto, ya tenían experiencia cuando Pio XII en 1963 ordenó que todos los monasterios vivieran de su trabajo.

La receta de las yemas es uno de los misterios sevillanos: azúcar y huevos de calidad, más el punto en el almíbar que solo controlan algunas hermanas. Después de prometerle que no entretendremos a las hermanas, nos deja asomar la nariz al obrador de las yemas. En un perol alto de aluminio una hermana mueve con una espumadera el almíbar en ebullición, empujando los hilos de yema hacia el fondo. En la habitación contigua, un ejército de yemas espera su cobertura de azúcar. «¡Ahí está el secreto! -nos dice orgullosa- todavía no han podido copiarnos». Y yo pienso que llevan seis siglos de ventaja a los posibles imitadores.

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37CABEEB-C477-42DB-88BD-3AE2C8597406Junto al refectorio (en el que había doce cuadros de Murillo que se llevaron los franceses) está otra de las cocinas, la de ellas, donde hacen las magdalenas (no se puede mezclar la harina con las yemas, no vayan a coger algo de gluten). Nos da a probar una recién hecha, todavía calentita, que sor Inés acaba de sacar del horno. Esponjosas, sin pasarse de dulce, enganchan aunque no lleven aditivos. Entran ganas de volver a ser niña para tomarlas sin remordimientos.

También hacen bordados, tapices (hoy vienen a recoger uno encargado para Perú), vestiduras para figuras religiosas, ropa de bebé. Y unos nacimientos de barro que hace personalmente sor Natividad. «Mi padre era pintor de cerámica en La Cartuja, en mi familia todas las hermanas tenemos esa afición. Los turistas se llevan muchos Nacimientos… ¡mientras más feos son, más los quiere la gente!»- dice riéndose y señalando unas pequeñas figuras sin cara de una expresiva ingenuidad que –como a los turistas- me encanta.

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08DDCE6C-76F3-4EB3-8E6B-942686CFE337Nos enseña el coro, con una sillería del siglo XVI y muchas obras de arte, -entre ellas un Niño Jesús precioso de La Roldana- y, de pronto, la vemos sentada al órgano tocando una melodía… -«¿Pero también es usted la organista?».

Con el eco de sus risas en la cabeza, las pituitarias inundadas de gloria y unas bolsas con magdalenas y yemas en las manos, salimos a la plaza de San Ildefonso. Lo mejor de lo que nos llevamos, como siempre, es lo que no se ve. Seis siglos rezando por nosotros, seis siglos custodiando obras de arte, seis siglos endulzando Sevilla.

La muestra XXXIII Exposición y Venta de Dulces de Conventos de Clausura tendrá lugar del 6 al 9 de diciembre, de 10 a 17 horas, en el salón gótico del Real Alcázar de Sevilla.

Un comentario en “San Leandro y sus yemas: seis siglos endulzando Sevilla

  1. Qué rico todo!!! Ayer me traje un surtido… Oye a ver si haces una entrada, bueno dos, una de San Luis de los Franceses y otra de Murillo en los franciscanos. Anda, por fi… Ah!!!, un besote

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