Murillo contado para niños

Vamos a jugar a que tenéis que definir Sevilla con un monumento, un vestido, una fiesta, una Virgen, un pintor. Muy pocos dudaríais en elegir la Giralda, el traje de gitana, la Feria, la Macarena… y Murillo. Ya sé que son tópicos, pero Sevilla es así. Por supuesto que hay más monumentos importantes, más Vírgenes y más pintores. Es tierra de artistas, pero ninguno tan universal y a la vez tan sevillanísimo como Bartolomé Esteban Murillo. Hasta el punto de negarse a ir a la corte cuando fue llamado por el Rey Carlos II. Mirando su autorretrato, casi le oigo decir a él, guapo, seguro de sí mismo, consciente de su éxito: «¿Para qué voy a ir a Madrid si aquí se vive mejor que en ningún otro sitio?».

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Sevilla no podía fallarle en el cuarto centenario de su nacimiento. Si entráis en la página www.murilloysevilla.org podréis ver la serie de exposiciones, conferencias, itinerarios y demás actos programados para conmemorarlo.

Yo he estado retrasando bastante escribir sobre él. Hay un motivo: cuando hablo de otros temas en el blog, ya sean viajes, decoración, lecturas, flamenco, etc. lo hago desde la libertad que me da no ser entendida en nada. No soy geógrafa, ni historiadora, ni decoradora, ni crítica literaria, ni flamencóloga, por lo que todo lo que cuento son siempre opiniones personales con más o menos fundamento. Pero sí soy restauradora de obras de arte, y con estos temas no puedo ser frívola. Así que llevo un mes con casi todos los libros de Murillo que se han publicado últimamente en mi mesa. Y claro, esto paraliza cualquier intento de hacer un post.

Pero hoy recibo una llamada: «Tengo un grupo de niños de nueve años de un colegio, ¿quieres venir a ver cómo les enseño la exposición de Murillo?». Y no lo dudo.

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Antonio los sienta primero en el patio del pozo, nada más acceder al Museo de Bellas Artes. Con su pelo por el hombro, sus vaqueros y sus New Balance no parece un guía al uso. Y lo confirma cuando trae un carrito del que va sacando cómics imantados que acompañan sus explicaciones sobre el edificio del Museo y su origen como Convento de la Merced. Sobre la vida de los monjes, la Desamortización y cómo Antonio Cabral Bejarano propone la creación de la que será la segunda pinacoteca más importante de España, por antigüedad y contenido. Y de ahí pasa a explicar las normas de todo museo: «No se corre, no se grita y no se acerca uno a los cuadros». Sonrío pensando que habría que escribirlas en todos los idiomas para que las leyeran las dos chicas japonesas que pasan vociferando y riendo por nuestro lado, y el grupo de señoras de edad que charlan animadamente entre sí.

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En la sala cinco vuelve a sentarlos justo a la espalda de la recreación del Altar Mayor de la Iglesia de los Capuchinos. Les da unos datos biográficos sencillos sobre el pintor: no sabemos el día exacto que nace pero sí cuándo es bautizado, el 1 de enero de 1618, por lo que suponemos que nació uno o dos días antes por la costumbre de bautizar a los niños recién nacidos. Era el más pequeño de 14 hermanos, cuando tiene nueve años mueren sus padres y se va a vivir con una hermana. Desde pequeño quiere ser pintor y pronto entra de aprendiz en el taller de Juan del Castillo.

Sigue explicando la vida de Murillo sin necesidad de dar muchas fechas ni datos difíciles de memorizar, pero sí hablándoles del reconocimiento que ya tuvo en su tiempo y de su capacidad para crear tipos iconográficos que se repetirán posteriormente. «…Antes de Murillo, a las Vírgenes se las pintaba sentadas, con orla, estrellas, manto rojo y capa azul; él empieza a pintarlas sin corona, como volando rodeadas de angelitos, sobre una luna –primero llena, luego media- y vestida de blanco y azul. También se le conoce como el pintor de los niños –no sólo Niño Jesús, San Juanito o querubines-, porque los retrató en diferentes actitudes, jugando a los dados, comiendo sandía, despiojándose, pero siempre alegres aunque fueran niños de la calle, pilluelos huérfanos en un siglo de epidemias».

Para enseñar la exposición, Antonio elige cinco cuadros: Santas Justa y Rufina, San José y el Niño, El Jubileo de la Porciúncula, La Virgen de la Servilleta y Santo Tomás de Villanueva dando limosna.

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Santas Justa y Rufina
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La Virgen de la Servilleta
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Santo Tomás de Villanueva dando limosna

Ante las Santas Justa y Rufina les explica cómo los cuadros cuentan historias, animándoles a descubrirlas: por su parecido, por los objetos que las rodean, etc. Mientras los oigo pienso que cuando los niños tengan mi edad, posiblemente no recordarán el año en que fue pintado el cuadro, pero sí las causas del martirio y de que se convirtieran en patronas de la ciudad.

San José con el Niño, uno de las más bellas representaciones de San José, muy venerado por los capuchinos, sirve de ejemplo para hablar de la repetición de modelos –reales, cercanos, creíbles- y de la técnica pictórica de recrear los tejidos con variaciones de la luz.

Con el Jubileo de la Porciúncula, que presidía el retablo mayor, explica la configuración de la Iglesia del Convento de los Capuchinos y la historia material de los cuadros durante la invasión napoleónica: cómo la mayoría se trasladan a Cádiz para ocultarlos en un barco y se salvan del expolio. San Francisco de Asís está pidiendo las indulgencias plenarias en la capilla de la Porciúncula: este episodio es el origen de la fundación de la Orden de los Hermanos Menores franciscanos y luego capuchinos. De ahí la importancia de este cuadro, cedido por diez años por un museo de Colonia a cambio de su restauración.

La Virgen de la Servilleta sirve para explicar la profundidad en la pintura creando volúmenes con luz y contar las distintas teorías sobre las circunstancias en que fue pintada, el equilibrio entre las leyendas que acompañan a las obras y los datos fidedignos.

El cuadro de Santo Tomás dando limosna, el favorito de Antonio, es el punto de partida para una completa lección de arte sobre las características del naturalismo de la escuela barroca sevillana: 1ª la utilización de modelos reales, del natural; 2ª una iluminación dramática, con focos de luz según la lectura que el pintor propone del cuadro; 3ª el movimiento, no son figuras estáticas; 4ª el sentido narrativo: podemos imaginar el orden en que el Santo entrega las monedas observando la actitud y el rostro de los personajes.

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Cuando salgo del Museo -después de comprar otro libro más de Murillo-, un sol precioso me deslumbra. Hay una ligera brisa y se está maravillosamente a la sombra de los enormes naranjos frente a la fachada. Los niños de los colegios disfrutan de un rato de ocio, seguramente ya no merezca la pena volver a las aulas. Sentados en los bancos alrededor de la escultura, el profesor vigila sus juegos y sus mochilas y abrigos abandonadas en el suelo. Un grupo de señoras espera a la sombra de uno de los naranjos, tal vez a alguien que les hará una visita guiada.

¿Qué les contaría yo si tuviera que explicarles la exposición en una hora? Les contaría algo del edificio, les daría unos datos genéricos de la vida del pintor, les hablaría de sus tipos iconográficos, les contaría las leyendas de las santas y de los capuchinos y les hablaría –delante de Santo Tomás- del significado del naturalismo en la historia de la pintura. Vamos, exactamente lo mismo que Antonio Montaño les ha contado a los niños. Porque lo difícil es identificar la esencia de las cosas, y cuando lo consigues, vale tanto para niños como para adultos.

Llega el tiempo de echarse a la calle, cuando Sevilla se pone guapa. Con este sol y esta temperatura ¿quien se va ahora a su casa? ¿Cómo iba a trasladarse Murillo, con 50 años, a Madrid, con lo poco que calienta allí el sol en esta época del año?

Fotos: Cuarto de Maravillas

Un comentario en “Murillo contado para niños

  1. Lucila he revivido la visita al Museo con tus explicaciones y puedo imaginarme a esos niños escuchando las explicaciones que Antonio da tan magistralmente.

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