Fundación Balia, la educación como arma para cambiar el mundo

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Desde la Fundación Balia trabajan la educación en valores para niños en situación de riesgo. Conoce el trabajo de estos profesionales en Sevilla

Me he perdido por el barrio buscando la calle Doctora Vieira Fuentes. Casi todos los edificios son de cuatro alturas, la parte baja de la fachada pintada de color albero y el resto blanco, o así debía ser antes de que hubiera más desconchones que pared. De una ventana a otra atraviesan cordeles en los que cuelgan camisetas, pantalones, jerseys, sábanas. Me cruzo con dos hombres jóvenes pero no me atrevo a preguntar, hago como que sé a dónde voy y vuelvo a mirar maps. Bajo una ventana abierta, unos escalones hechos de palés de madera sirven para que los clientes se asomen al interior de la habitación para comprar latas de refrescos, gominolas o quién sabe qué.

Me abre la puerta Francisco Javier, coordinador de Balia Sevilla. Rozará la treintena pero la madurez se le nota en la mirada y en la forma de expresarse. Conoce el barrio, no en vano se crió por ahí cerca, y sabe de lo que habla cuando me cuenta el entorno familiar de los niños. Conoce a sus familias y los problemas que arrastran, las dificultades económicas por las que atraviesan y las enfermedades o dependencias que llevan a sus espaldas. La mayoría españoles, a diferencia de Balia Madrid, donde predominan los hijos de inmigrantes. Aquí hay bastantes de etnia gitana, especialmente en esta calle. Pero en la clase de los pequeños se sienten iguales, las discriminaciones son taras aprendidas cuando se tienen más años.

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El local no es muy grande: una pequeña entrada-distribuidor de la que sale un despacho, un baño unisex y dos aulas (una para niños de seis a nueve años- y otra para los de nueve a doce). En la clase de los más pequeños hoy solo hay seis, la gripe hace estragos pero también el absentismo, una de las batallas que entablan a diario los educadores de Balia, siempre en contacto con los colegios y sus maestros. Cuando un niño viene varias semanas seguidas se le nota mucho: son más obedientes, escuchan a las profesoras, participan y hacen los deberes. Pero en cuanto falta continuadamente hay que volver a empezar, pues por desgracia el entorno familiar no es el más adecuado para esta educación en valores. A veces son padres que se dedican a la venta ambulante y están siempre fuera, otras son familias monoparentales, en los que una mujer sola se ocupa de sus hijos (en el caso de las españolas suele haber una bendita abuela por en medio, pero no ocurre eso en las familias de inmigrantes).

En estos barrios, me explica Francisco Javier, se normalizan cosas que no son normales. Por ejemplo, en la sucursal bancaria del barrio hay siempre mucho ruido, un perro a sus anchas, la gente apelotonada sin guardar la cola, etc… a diferencia de lo que ocurre en la oficina de la misma entidad en la Gran Plaza, a unos cientos de metros de allí, donde ya parece más el templo al que estamos habituados. O te encuentras en Navidad que se hace una candela en medio de la calle (¡esas zambombas gitanas!) con el fuego prendido de la mañana a la madrugada. “¿Qué os creéis, que vivís en Los Remedios?”- le interpela una mujer con voz estridente al vecino que ha osado llamar a la policía.

Ruido, mucho ruido (¿pasaste por aquí, Sabina?) en forma de insultos, de frenazos, de llantos o de cariño… todo se expresa con gritos. Para contrarrestarlo, en Balia se habla siempre con un tono sereno y moderado, especialmente cuando hay que corregir o reprender a un niño. Es obligatorio levantar la mano para ser escuchado, en lugar de reclamar la atención a gritos.

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Entro en la clase de los mayores. Después de presentarme, Marta me asigna a ayudar con sus deberes a un niño de unas pestañas negras interminables y mirada dulce que está peleándose con los números decimales. Muy voluntariosa, me siento a su lado y durante un rato nos dedicamos a hacer unas líneas de números y aproximar los decimales al entero más cercano, o algo así, porque vaya tela cómo son hoy los libros de texto. Menos mal que es aplicado y simpático y me sonríe cuando le digo que no estoy muy segura de que lo estemos haciendo bien, que a mí se me da un poco mejor la Lengua.

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Una vez terminados los deberes llega la hora de la merienda: hoy toca melocotón en almíbar, leche con colacao y galletas. Las tareas están asignadas: poner los manteles, servir el colacao, recoger la mesa, etc. Las aulas están llenas de coloristas mensajes con los horarios, las responsabilidades por turnos, los derechos de los niños… Me fijo en unas caritas que muestran contento, enfado, tristeza, y unas pinzas con los nombres de los chicos, que han colocado en el sitio correspondiente a su estado de ánimo. La educación emocional es una parte importante del desarrollo del niño, junto con la educación en valores y el éxito escolar.

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Después, ineludible lavarse los dientes antes de colocarse en fila para ir a hacer una actividad en el exterior. Por el camino, sus charlas y bromas demuestran que muchos ya están entrando en la adolescencia. Alguna de las niñas mueve sus caderas parsimoniosamente, consciente del poder que empieza a ejercer en sus compañeros, aunque eso signifique –puede que ella no lo sepa- que también se acerca el fin de su escolaridad, porque el recorrido en el colegio de las niñas gitanas sigue siendo corto: para qué saber matemáticas si lo que van a estar en pocos años es cuidando niños en sus casas. Para otros, la única preocupación es quién va a llevar de vuelta el balón, tantas son las diferencias en esas edades.

En el patio del colegio La Candelaria se reúnen con otros niños del aula Balia (porque también se da asistencia a varios colegios públicos y concertados de la zona). Se hacen equipos y empezamos un partido de algo parecido al balonmano. No lo puedo evitar y me pongo a correr como si volviera a ser la central de 15 años que reparte el juego, intentando que uno esté pendiente del pase, que otra defienda la portería, que el más alto, con su estatura, no nos corte el balón.

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Vuelvo a casa sudada mientras pasan por mi cabeza imágenes en blanco y negro, algunas reales, otras inducidas por la charla con Francisco Javier. Una madre joven recogiendo a su hijo en bata, un padre con los problemas escritos en la cara que espera a un niño de ojos inocentes, cortes de pelo dignos de Ronaldo en sus mejores tiempos, miradas desconfiadas que no debería tener un niño, educadoras con paciencia de Job, ropa tendida en las ventanas. Una mezcla de tristeza y esperanza, yo no sabría en qué carita poner la pinza con mi nombre.

¿Cómo se puede educar a un niño que se despierta un día sí y otro también con la sirena de un helicóptero de la Policía Nacional haciendo una redada en su barrio? ¿O con el sonido de un frenazo del furgón de la Policía aparcando en su calle y sacando a la fuerza al vecino de arriba? ¿Cómo se le puede pedir a un niño que no grite si su madre habla a voces con las vecinas del edificio de enfrente? ¿O si las broncas en casa son lo habitual? ¿Cómo hacerles ver que lo que para ellos es normal se convierte en excepcional en los barrios más favorecidos?

La tarea de Balia es inmensa. Son profesionales, están preparados, tienen energía y convencimiento. Sólo necesitan más medios.

Si queréis más información, podéis encontrarla en su página web.

Las fotos son de Balia Sevilla

Un comentario en “Fundación Balia, la educación como arma para cambiar el mundo

  1. Como siempre me ha encantado, es bueno abrir los ojos al mundo real.
    Muchas gracias Lucila, ahora a esperar el siguiente.

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