Historias de librerías, libreros y lectores

Hace un día de perros en Sevilla. No ha parado de llover toda la mañana, en esta primavera recuperada. Aquí es salir un nazareno a la calle o colocar un farolillo y empezar la lluvia. He quedado a las cinco de la tarde en la calle José Gestoso, 8 detrás de las Setas. Miro la previsión para ver si puedo ir en moto, pero no dejará de llover hasta las nueve de la noche, así que pienso en alternativas. Andando me dice Maps que tardo veinticinco minutos, pero, ¿qué zapatos se pone una cuando está todo chorreando? Un pequeño rayo de sol entre nubes me anima a coger la moto, aunque –no iba a tener tanta suerte- nada más salir del garaje se ha vuelto a esconder tras esa nube densa sin principio ni fin que está descargando agua lentamente. Por supuesto, acabo empapada.

«Sube y empieza la casa por el tejado. Esto es Caótica». Escrito en el suelo, es lo primero que leo al empujar la puerta de entrada. Ya me va gustando, yo sé mucho de eso de empezar saltándome pisos. A ver, céntrate, me digo. Fíjate primero en la decoración. Y a riesgo de que la gente que toma café tranquilamente crea que soy una voyeur -que lo soy…- me detengo a observar la planta baja. Junto a la cristalera hay una mesa larga de madera con bancos corridos que invita a compartir espacio con desconocidos. Sobrevolando, una luminaria formada por un tubo retorcido me recuerda la nube que he dejado yo fuera.

Librería CaóticaLibrería CaóticaLibrería Caótica

Una moto roja cuyo remolque se convierte en soporte de una mesa alta de cristal ocupa el centro la estancia. Y alrededor más mesas y más sillas, algunas iguales, otras no. En coherencia con el nombre. Al fondo una barra de cafetería en forma de «ele» hecha, cómo no, de estantes con libros. Todo lleno de cosas: un microondas, un exprimidor, una fuente con plátanos, tazas, azucareros, figuritas, magdalenas, jarrones, cartones de huevos, etc. Una mezcla entre desordenado y acogedor. A semejanza con la arquitectura del local, con vigas de hierro, rasillones vistos en el techo y paredes sin enlucir. A mí no me molesta, pero pienso en mi marido y lo imagino colocando la fruta con la fruta, ordenando los platos y escondiendo a la vista del usuario la mitad de los utensilios.

-«Por favor, ¿Dónde puedo encontrar a Rafa Castaño?». «Seguramente en la tercera planta», me contesta una chica joven. Subo por unas escaleras de madera que parecen haber sido pisadas un millón de veces con un pasamanos sencillo hecho de barra de metal y aglomerado basto de virutas. Un árbol de madera –con casita incluida- da cobijo a la zona de infantil y trepa hasta la última planta en lo que era el antiguo patio de luces.

Librería CaóticaLibrería CaóticaLibrería CaóticaLibrería Caótica

Es una sala amplia, forradas las paredes con baldas que alojan cajas de verduras¿provisionales? reconvertidas en contenedores de libros. En el centro, también del mismo material, mesas bajas con ruedas, listas para recolocarse en un momento y convertir la habitación en sala de exposiciones, de conferencias o club de lectura (inglés, francés o español). Un espacio versátil que sirva para cualquiera de las actividades culturales que programan semanalmente.

Tras la caja está Rafa, un chico joven de mirada inteligente que a mi madre, incondicional de Pasapalabra, le debe resultar de lo más familiar: ¡sesenta y tantos programas en Pasapalabra y 100 en Saber y Ganar! Me impone un poco hablar con alguien con tan vasta cultura, pero con su simpatía hace que me relaje y me limite a querer arrancarle la parte de su cabeza en la que reside la memoria, tan necesitada estoy.

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La semilla de Caótica, me explica Rafa, se remonta a La Extra Vagante, librería de la Alameda de Hércules que, apoyándose en la Ley de Cooperativas Andaluzas, encuentra la fórmula de socio consumidor (la aportación de capital es un libro q pasa a formar parte de la Biblioteca de los Indispensables y queda a disposición del resto de socios) como forma de intercambio cultural y pertenencia colectiva real. Los socios trabajadores son Maite Aragón, Joaquín Sovilla y Begoña Torres, a los que se unirá posteriormente Rafa Castaño. Reivindican el caos como origen de la creatividad y, consecuentemente, no dudan en dejarlo al descubierto. La primera planta es novela y poesía, la segunda es cómic, infantil, juvenil y viajes. La tercera es ensayo y segunda mano (esto último también en la cafetería).

La gran ventaja del librero, me cuenta después de atender a un cliente, es estar en contacto con gente que lee. Acceder a esa inteligencia colectiva que te permite elegir muy bien entre todo lo que hay disponible. Lo ideal es dar con el lector constante, ese que la lectura forma parte esencial de su vida. No solo como cliente, sino como prescriptor, entrando así en un proceso de retroalimentación que compensa en parte la poca disponibilidad de tiempo para la lectura propia. Y poder ayudar a lectores ocasionales a encontrar el libro que les encaje, que les guste. Además de ofrecer algo más, un lugar en el que sentirse rodeado de cultura, donde apetezca quedarse dos o tres horas.

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Interrumpe la conversación para atender a un cliente al que parece conocer, porque hablan del viaje que ha hecho en Semana Santa. ¿Has estado en Nápoles? me pregunta, haciéndome partícipe de la charla. Y se nos pasan los minutos entre una zona y otra del mundo, hablando de fotografía, de civilizaciones y de descubrimientos.

Cuando llego a casa, después de visitar la exposición de Artistas Contra el Hambre a beneficio del Banco de Alimentos de Sevilla, chorreando después de volver en moto, pienso lo que me ha cundido la tarde. He estado de nuevo en Nápoles, acompañando a un chico de ojos claros que acabo de conocer. He cogido un vuelo a Bari para ver los campos de almendros y vides, esta vez sin nieve. He visitado las tribus del sur de Etiopía. He hablado con la autora del libro que tengo en mi mesilla de noche, no por mucho tiempo, porque se lee tan fácilmente que lo voy a acabar hoy. Todo esto es lo que puedes hacer una tarde en una librería. Y el resto de tardes del año si eres aficionado a la lectura.

Si queréis ser socios de Caótica o conocer mejor este espacio cultural, esta es su web.

El libro que leo ahora es «Rialto 11», de Belén Rubiano. Historias de librerías, libreros y lectores en la Sevilla de los últimos años. Contadas con ligereza, una de las cualidades que más admiro a la hora de escribir… y de vivir.

Fotos: Librería Caótica

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