Motivos para visitar el valle del Douro, además del evidente (el vino)

La ventaja de visitar un lugar por segunda vez es que puedes plantearte qué otras cosas hay además de lo obvio. Siempre está aquello por lo que un lugar adquiere su fama, lo primero e imprescindible en una visita. En el caso del valle del Douro portugués, es un destino eminentemente enológico: desde hace dos mil años se cultivan vides. Pero tal vez no se conozca que hay una ruta del románico que se desarrolló paralela a la forja de la nación portuguesa o que hay ciudades monumentales a las que merece la pena dedicar una mañana.

Para los que tengáis la suerte de repetir este destino (o aunque sea la primera vez, os gusta diversificar el tipo de turismo), os cuento los tres enfoques que hemos dado a una escapada de cuatro días por el valle del Douro.

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  • Los viñedos del Douro son patrimonio de la Humanidad desde 2001. Entre otras variedades, se produce la uva con la que se elabora el oporto, primera Denominación de Origen del mundo, de 1756. Aunque su nacimiento se remonta al siglo XVI, cuando en un convento de Lamego se probó añadir brandi durante la fermentación del mosto para hacerlo más resistente a las largas travesías por mar.

El río, ancho y caudaloso, serpentea entre colinas repletas de viñas en espaldera y quintas, muchas centenarias, otras modernísimas, reflejo de esa mezcla que se ha convertido en seña de identidad de Portugal. Sorprende la cantidad de construcciones que hay, casas de campo, pueblos dispersos que se unen por carreteras serpenteantes a distintas alturas en las laderas.

Una de ellas es la N-222, considerada la más bella del mundo en 2017 en el tramo de 27 km. que une Peso da Règua y Pinhâo. Aunque sigue habiendo muchas zonas boscosas (encinas, alcornoques, quejigos, castaños, etc.) se nos van los ojos a las filas de vides perfectamente ordenadas en las estrechas terrazas. En esta época del año, a punto de finalizar la vendimia, es frecuente cruzarse con camiones cargados con el preciado fruto o ver campesinos recogiendo a mano los últimos racimos entre hojas doradas, ocres y rojizas.

Para que la experiencia sea completa, hay que coger un barco en el muelle fluvial de Peso da Règua hasta Pinhâo (hay muchas opciones de barcos y empresas) y volver en tren (2,80 € el trayecto). Se hace un poco pesado el paso de la exclusa pero las vistas desde el rio merecen la pena y complementan las que se disfrutan desde los miradores. Y la estación de Pinhâo está decorada con los típicos azulejos blancos y azules con escenas tradicionales de la vendimia, elaboración y transporte de vino.

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No se puede dejar de visitar alguna quinta -muy activas en esta época de vendimia- y participar en alguna cata. Nosotros elegimos Quinta da Pacheca, donde también cenamos tras una cata divertida en la que acabamos tres parejas de distintas nacionalidades criticando entre risas los gobiernos portugués, español y brasileño mientras apurábamos las botellas que amablemente dejó olvidadas el enólogo en el jardín.

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  • Ruta del Románico

La historia de Portugal comienza en los valles de los ríos Sousa, Douro y Tâmega con las primeras familias nobles portuguesas del siglo XII que toman parte en la Reconquista, y las órdenes monásticas que ayudan a consolidar los territorios recuperados a los árabes. Son tres rutas unidas por carreteras donde ir descubriendo monasterios e iglesias con pórticos románicos, capiteles tallados con motivos vegetales o antropomórficos, contrafuertes y pequeñas ventanas de piedra en medio de paisajes verdes y, a veces, recónditos.

Recorrer las carreteras estrechas que se curvan para adaptarse a la geografía, pasar por poblaciones sencillas de casas tradicionales a dos aguas, donde pasean al sol los lugareños o vuelven del trabajo en el campo, es otra forma de descubrir la esencia del país vecino. Y te sorprenderá –no sin cierta envidia- lo bien conservado que está el patrimonio, fruto de la educación exquisita de la que hacen gala nuestros vecinos.

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  • Ciudades monumentales
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Lamego es una pequeña ciudad a 12 km. de Peso da Regua y está considerada la capital cultural de la zona. Entre sus monumentos destaca una bella catedral gótica de torre cuadrada y claustro renacentista y el increíble Santuario de Nossa Senhora dos Remédios. A 600 metros sobre el nivel del mar, para llegar arriba hay que subir una preciosa escalinata con paneles de azulejos blancos y azules diseñada por Nicolau Nasoni (¡686 peldaños!). También se puede subir en taxi y bajar paseando por el precioso bosque de árboles enormes que lo une con la plaza principal de Lamego.

Amarante es una tranquila ciudad de doce mil habitantes que se encuentra en el distrito de Porto, a orillas del rio Tâmega. El puente de Sao Gonçalo está edificado sobre lo que fue una calzada romana y desemboca en la plaza donde se encuentra el convento e iglesia del mismo nombre. Fue erigida en 1540 de fábrica de piedra gris, con portada lateral renacentista y frontón barroco.

La tumba de San Gonzalo, muerto en 1259, se encuentra en una capilla a la izquierda. No puedes irte de Amarante sin tomar un chá (té) acompañado de un hojaldre relleno de crema o un dulce de yema de huevo en cualquiera de las afamadas confiterías. «Gonçalo d´Amarante/ tantos milagres fazeis/ também sâo milagres vossos/ estes doces e pastéis».

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Aunque Oporto merece por sí sola una visita de varios días, nosotros aprovechamos que el vuelo salía por la noche para tomar un café en el Palácio do Freixo, un Pestana en la margen norte del Douro con un precioso salón desde el que ver sin prisas pasar el río camino del océano, subir hasta la catedral y bajar caminando tranquilamente hasta el barrio de Ribeira, haciendo parada, por supuesto, en la Estación de Sâo Bento, para admirar sus preciosos murales de azulejos.

Nos quedamos con las ganas de tomar un pescado en Matosinhos y de estrenar la pasarela de madera a la altura de los árboles que acaban de inaugurar en la Fundación Serralves. Pero bueno, siempre hay que tener un motivo para volver.

Fotos: Cuarto de Maravillas

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